Piedras en el camino: viajes guiados por la intuición

•2 agosto 2010 • 1 comentario

Por Fabián Bonino

Aeropuerto, suelo argentino, counter de Aerolineas argentinas vacío, soledad, escenario de su primer viaje al exterior. El nunca haber abordado un avión jamás suscito una inquietud en él, no emanaban miedos, sino todo lo contrario; un aura de paz lo envolvió desde el instante en que se dirigió al counter para hacer el check-in.

El por qué de su buena predisposición, más que un viaje de placer, un encuentro con parte de su familia que no conocía, y otra que hace tiempo que no veía. A su arribo, el hallazgo. Entre la muchedumbre que azotaba al esplendoroso aeropuerto Internacional Jorge Chavez de la ciudad de Lima – Perú, se asomaba un tío. Un hombre que hace tiempo estaba divorciado, su tío político lo recibía. El joven Andrés ya se encontraba en la tierra que vio nacer a su madre.

Por esos tiempos, cierta psicología barata hacia mella en sus convicciones, una crisis de valores lo atacaba constantemente. Desde pequeño, circunstancias de la vida cotidiana lo hacían sentir alejado del “ser” argentino. Vale aclarar, que el cincuenta por ciento de la sangre que corre por sus venas es peruana, y el otro porcentaje restante, es argentina, lo que no es un dato menor.

A propósito de este viaje, semanas atrás, se le había asignado un trabajo de corte etnológico, vinculado a la cátedra Socioantropología de la Comunicación, en la Universidad Nacional de Rosario. Desentrañar la influencia de los contactos interculturales en las personas, era el objetivo de su trabajo de campo a realizar en Perú. Se trataba de averiguar cómo tratar con gente proveniente de otras culturas puede influir en nuestra persona y cómo incluso puede marcar nuestro andar para siempre.

El estudio de campo

El interés principal de nuestro protagonista radicaba en descubrir los rasgos de peruanidad en su forma de ser. La mejor manera de saber quién es, consistía en mirar desde afuera hacia adentro. El analizar contactos entre personas de diferentes culturas podía ayudarlo a dar cuenta de cómo el choque de semblanzas distintas, en su caso personal, la relación de sus padres (papá argentino y mamá peruana) podían sembrar rasgos de ambas culturas en su integridad.

Audiovisual sobre contactos interculturales

El conocer las historias de vida de personas que tienen contactos interculturales a menudo, ayudó a este chico mitad peruano, mitad argentino, a tomar conciencia de lo enriquecedor que resulta el intercambio de valores producido en el choque de culturas diferentes.

Fruto de la experiencia obtenida en dicho trabajo de campo fue el despertar de una intuición que estuvo siempre latente. Es gracias a esta intuición que se empiezan a entretejer sucesos que hilvanarían una historia que une dos viajes a tierras peruanas y a un breve paso por el Ecuador.

Donde empezó todo

La ciudad de Cusco es el paso obligado antes de visitar el ancestral santuario inca, el Machu Picchu. Al llegar a dicha ciudad, nuestro muchacho comenzó a recorrer sus estrechas calles buscando los hostels cuyas direcciones había averiguado con antelación. Por esos momentos, los tiempos para realizar su trabajo etnológico lo apremiaban, a la ansiedad por llegar al famoso destino turístico peruano se le sumaba la preocupación por la finalización de su estudio. Resulta ser que de los diez alojamientos que tenía registrados en su anotador, ocho no disponían de habitaciones. Por una extraña razón, al llegar al penúltimo hostel de su lista, decidió no quedarse, a pesar de la amabilidad de los conserjes, la pulcritud de las instalaciones y sobre todo, el buen precio. Por lo que no quedaba otra opción que dirigirse al último alojamiento de su lista, que está situado en el antiguo barrio de San Blas. Varias cuadras largas, cuesta arriba, guiaban a Andrés al Samay Wasi.

No resultaba muy grato alejarse de la plaza de armas, el centro neurálgico de la ciudad de Cusco, lo que generaba cierta incomodidad. Al adentrarse en las instalaciones, y al haberse sentido a gusto, resigno la incomodidad de la ubicación y decidió quedarse.

Una percepción metafísica, quizás anticuada, irracional, lo hizo pensar que ciertas fuerzas de la naturaleza lo guían a uno en distintas circunstancias. Resulta ser que frente al apremio de terminar con su estudio para la universidad, al comentarle sobre su trabajo al conserje, este le cuenta que se encuentra casado con una señorita argentina, más precisamente rosarina. Llámese coincidencia, causalidad, la pretensión de Andrés se basaba en analizar los contactos interculturales, precisando la influencia de estos en la crianza de hijos entre personas de diferentes naciones. Luis, el conserje del Samay, le cuenta que tiene una hija fruto de su relación con la mujer argentina. Es ahí, donde todo cierra para Andrés, el testimonio del conserje sería un reflejo en paralelo a la situación de sus padres, la mejor manera de vincular su estudio de campo con su historia personal.

El viaje en taxi

Una vez regresado a Lima, los tiempos se acortaban, todavía restaban visitas a algunos familiares, el compartir tiempo de calidad con los más cercanos; pero aún la asignatura académica no estaba resuelta del todo.

A su parecer, una de las figuras con mayor contacto intercultural son los taxistas, quién mejor que ellos para contar lo que queda luego de entablar charlas con individuos provenientes de todo lugar alrededor del globo. La incertidumbre: que el entrevistado se apreste a ser filmado a bordo de su vehículo, es allí donde la fortuna conspira para favorecer los pasos de nuestro protagonista.

El tío, quien otrora fuera taxista y luego transportista, tenía un conocido que supo trabajar en la Embajada francesa en Perú, por lo cual podía aportar las experiencias  del trato intercultural en su ámbito de trabajo.

Los encuentros

El paso por la ciudad de Cusco deja mucho más que los recuerdos de una hermosa ciudad que parece detenida en el tiempo. Cursileria obligada, puede decirse que el oxigeno que allí se respira purifica el alma, pero no es solo eso, sino que distintas energías confluyen en dicha ciudad. Energías provistas por personas con distintas improntas; y si he de pecar diciendo que lo que le sucedió o sucederá a Andrés es del orden de lo metafísico, habré de cambiar de credo.

A su paso por tierras cusqueñas, el muchacho cosecho amistades, amigos de distintas nacionalidades enriquecieron su punto de vista sobre las relaciones interpersonales. Breves momentos de camaradería compartió con dos señoritas chilenas, que a posteriori se convertirían en momentos que enlazarían un próximo viaje.

Segunda vuelta: Perú… y bonus track, Ecuador

La vuelta fue algo imprevista, algo menos de seis meses después, Andrés vuelve a desembarcar bajo el cielo gris de una Lima, esta vez, bastante calurosa. Por el contrario del anterior viaje, travesía invernal aquella; esta vez los planes vislumbraban el aprovechamiento de las costas peruanas para sobrellevar las altas temperaturas.

Una corta planificación previa prefiguraba el paso del joven por la ciudad de Lima, las playas del norte peruano, la segunda ciudad de Ecuador – Guayaquil, y la costa ecuatoriana. Otra vez viajaba en compañía de su ser, y nadie más, pero habiendo acordado un encuentro con una de sus amigas chilenas (a la que había conocido en el viaje anterior) en el norte de Perú, y un “selecto” grupo de amigos rosarinos.

El “selecto” grupo de amigos rosarinos refiere a dos muchachos cuya historia familiar es similar a la de Andrés, pero a la inversa, siendo que ambos tienen un padre peruano y una madre argentina.

El viaje comienza sin contratiempos, en el pequeño pueblo de Mancora, situado en la costa norte del Perú, se encuentran los jóvenes rosarinos junto a amigos y amigas peruanas más la joven chilena quien había arribado sola por esos lares. Luego de cuatro días gozando del mar norteño, se emprende la travesía hacia Guayaquil y la costa ecuatoriana. A la vuelta, sí, a la vuelta, ya que este humilde servidor no entrara en detalles sobre lo ocurrido por dichos lugares, nos ocuparemos de desentrañar el título que da nombre a esta crónica de viajes.

He aquí el punto de inflexión de un viaje que tomaría un giro inesperado. Antes que nada, vale aclarar que el camino a seguir luego de visitar la costa ecuatoriana era una incógnita a resolverse según los resultados de la travesía inicial. Una de las más potables opciones era retornar del pueblito costero llamado Montañita, hacia la terminal de Guayaquil, para luego dirigirse hacia las sierras en vías de llegar a la capital de dicho país, la ciudad de Quito.

La decisión se haría esperar hasta llegar a la terminal, donde Andrés ya se hallaba solo, dado que sus compañeros siguieron su camino por las costas ecuatorianas y otros volvieron hacia el sur. A su llegada, los pasillos albergaban a cientos de turistas, muchos argentinos, que emprendían su regreso a Perú, o que partían hacia el norte ecuatoriano. Sentado, descansando, el joven piensa, desarma y arma sus planes. A su lado, un joven argentino, más precisamente santafesino, le comenta de su intención de llegar a la ciudad de Cusco.

Desde el comienzo de esta segunda aventura, nuestro protagonista vuelve a imaginarse en las calles cusqueñas, lo que hace repensar su destino, y decide emprender su regreso desde Guayaquil hacia Lima, para volver a Cusco, y rememorar Machu Picchu. Un viaje de más de 30 horas tenía por delante. Nada era un inconveniente con tal de regresar al máximo exponente de la cultura inca.

El viaje largo hacia el sur hacia necesaria una parada de descanso previa a la llegada a la capital peruana. Con el boleto hacia Mancora, sí, el mismo lugar en que se relajo a comienzo de esta segunda vuelta, Andrés esperaba junto a su nuevo amigo santafesino la llegada del ómnibus. Entre tanto, amenizan la espera charlando con unas bellas mujeres cordobesas, que les cuentan sus planes de ir hacia la sierra ecuatoriana.

Llámese paranoia, pero a pesar de los deseos de regresar al santuario inca, algo decía a Andrés que quizás su vuelta era un capricho, que quizás no debería regresar. Aprendizajes de los viajes dictan que todo aquello que se cruza en nuestro camino lleva mensajes implícitos. Otra vez creencias metafísicas, causalidades, hacían mella en los razonamientos. Demasiado tarde era ya para retractarse, no por haber comprado el  boleto, dado que su precio no era muy alto, sino que en tales circunstancias no puede uno guiarse por meros presentimientos.

Llega el bus, el rosarino y el santafesino abordan, la vuelta hacia el norte peruano era ya una realidad. El paso fronterizo era la primera parada de este retorno que traía conflictuado a nuestro muchacho. Los latidos se aceleraban, se sentía tironeado por las tierras ecuatorianas, el mensaje: “no vuelvas”. Es así que al bajar del bus, observa que en el carril opuesto que iba hacia Ecuador había parado un ómnibus de la misma empresa, que hacía el mismo trayecto que el que lo traía de vuelta. El mensaje era claro ya, el plan: sacar sus valijas del maletero, y cambiarse de bus. Semejante locura invadía sus pensamientos, los cuales claramente no seguían una lógica, hasta que finalmente decide cortar con tanta mortificación. Descansar su mente era el propósito del viaje, por lo que se propone dejar todo como estaba.

“Esto ya lo viví”

Los viajes que no tienen un solo destino prefijado, los llamados viajes de “mochilero”, dan lugar a que uno se enfrente a distintos desafíos. Muchos de éstos se presentan en las travesías que ligan los destinos a visitar. Hasta ahora, esta percepción se condice con lo que le viene sucediendo a Andrés en su vuelta a Mancora.

Por otro lado, ya hemos visto que también se da lugar a encuentros fortuitos, que muchas veces terminan siendo trascendentales en la continuidad del viaje. Es el caso del nuevo amigo conocido en la terminal de buses de Guayaquil, Román, el santafesino que pretendía llegar a Cusco, y luego desviarse hacia la selva amazónica peruana para conocer los rituales chamanicos que allí se practican.

Resulta que en el largo trecho recorrido hacia el norte, y luego hacia el sur, la ingesta de algún alimento quizás en mal estado o la falta de higiene en la cocción, hicieron que Román tuviese malestares que lo acompañarían en su vuelta desde el Ecuador hacia el norte peruano. La automedicación no es buena, aún así, insistía, pero los malestares persistían. La descripción de los síntomas le recordaron a Andrés el padecimiento sufrido en su viaje anterior a las mismas tierras, donde se vieron malogradas varias jornadas de su estadía. Luego de que Andrés probara con diversos medicamentos, una recomendación de su madre, de quién sino, daría en la tecla. Aún no estando convencido de que el bendito medicamento era la solución, Andrés demostraba seguridad en sus consejos para subirle la autoestima a su nuevo amigo.

A su llegada al pueblito costero que ambos conocían debido a su previo paso por las playas norteñas, el plan era descansar un día en un hostel ya conocido. Luego de varias horas de descanso, ambos se aprestan a averiguar los horarios de los buses que partían hacia Lima. De repente, la noticia, un paro de buses interprovinciales impedía el regreso. La incertidumbre oscurecía el viaje que hasta ahora no presentaba demasiados sobresaltos. La vocación periodística de Andrés lo motivo a recabar datos sobre la situación, tarea que se hacía difícil dada la poca información que llegaba al tan remoto pueblo. Distintas versiones del conflicto tornaban difuso el panorama. Los días transcurrían, la estadía se extendía.

Empresas no adheridas al paro, llamadas “informales”, difundían sus viajes hacia el sur. En los medios trascendían los siniestros cometidos a los buses que no se adherían a los reclamos; apedreadas hacían de la vuelta, un riesgo a tomar. Tales trastornos provocaban retoques en los itinerarios de viaje, retoques que Román no podía hacer dado a su compromiso de encontrarse con amigos en la ciudad de Cusco en una fecha determinada. De manera que el amigo santafesino, ya recuperado de sus malestares luego de solo dos días de tratamiento con la milagrosa medicina, emprendía su regreso en uno de los buses “informales”.

Transcurrieron dos noches más, y Andrés todavía se encontraba varado. En el cuarto día, la espera había llegado a su fin. Frente a la negativa de levantar el paro, el cual se planteaba como indefinido, decide regresar en el informal transporte. Las ganas de llegar a la capital del país ponían en segundo plano las incomodidades de un viaje de 25 horas, que lo tenía al muchacho entre plantas, alimentos e incluso animales que formaban parte del contingente.

No en vano se llegó

Ahora sí, nada podía impedir el deseo de regresar a Machu Picchu. Restando solo una semana para volver a la Argentina, debía apurar los trámites para retornar a la ciudadela inca. El único impedimento para no lograr su objetivo sería no conseguir pasajes aéreos a buen precio, ya que viajar por tierra implicaba no solo un viaje de 12 horas, sino también la posibilidad de sufrir los efectos de la altura potenciados por los caminos sinuosos de la sierra peruana.

La concreción  de sus planes se veía difícil, luego de recorrer varias agencias de turismo, los precios de los tickets aéreos eran inaccesibles a su bolsillo. El último intento, las oficinas de una de las dos aerolíneas locales. La suerte de su lado. Conseguía boletos acomodados a su bolsa de viaje.

Dos días después, sale para concretar la última parte de su gran travesía. El primer escenario, la sala de espera del aeropuerto limeño. Por los parlantes se informaba que las condiciones climáticas en la ciudad de Cusco impedían los aterrizajes. La partida se demoraba. Tres horas después, luego de varios anuncios similares, el despegue. Una espesa bruma y un cielo gris, eran parte del recibimiento. Ya en tierras cusqueñas, a bordo del taxi que lo llevaba a un nuevo hostel, Andrés consulta al chofer si los tiempos le daban para llegar esa misma noche a la base de Machu Picchu. En efecto, disponía de tiempo para lograrlo, aunque debía respetar una de las misivas de las llegadas a lugares ubicados a gran altura sobre el nivel del mar. Un descanso mínimo de dos horas para “aclimatarse” a la altura era propicio. De todos modos, los cálculos de tiempo hacían posible su planificación.

El despertar

El pesado sueño propiciado por la altura, ignoraba que habían transcurrido tres horas y media desde su arribo. Una mirada de reojo a su despertador, no muy eficaz por cierto, ubica a Andrés en situación. El salto de la cama, la desorientación, qué hacer. Rápidos cálculos de tiempo, distancias; todavía era posible.

Hace tiempo que el muchacho es consciente de su necesidad de serenarse, de armonizar su andar, de darse esos pequeños instantes para meditar y ordenar su maraña de pensamientos. Por esto mismo, decide terminar el día en paz, y partir la mañana siguiente. La energía y el buen ánimo que provocaba estar nuevamente en tan querida ciudad, hacían del despertar un disfrute. Paso siguiente, preparar un mate de coca para sobrellevar los efectos de la altura. Al salir al patio del hostel, una revuelta de gente, distintos idiomas son cortina de esos breves momentos de pereza, cuando la noticia no se hace esperar: los caminos hacia Aguas Calientes, el pueblo ubicado en la base del santuario inca, se encuentran algunos bloqueados y otros en ruinas por desmoronamientos de tierra causados por las fuertes lluvias que asediaban la ciudad como nunca antes.

“Las piedras en el camino”

Increíble pero cierto, luego de chequear la información, va tomando dimensión de la gravedad de la situación para mucha gente. Personas que perdieron sus casas, accidentados, muertos, y muchos turistas varados en Aguas Calientes. El escenario estaba compuesto por personas que necesitaban asistencia social, por rutas derruidas, gente cruzando pasos inundados, y turistas desconsolados que hace tiempo planeaban su viaje hacia la nueva maravilla del mundo y que veían todos sus anhelos frustrados.

Banales eran los problemas de Andrés, quedarse solamente cuatro días en la ciudad de Cusco, sin poder movilizarse por tierra hacia pueblos y atracciones aledañas, ya habiendo conocido en su viaje anterior todo lo que el legado inca tiene para ofrecer; no significaba un drama. Jornadas de camaradería con chilenos, europeos provenientes de distintos países, y unos cuantos compatriotas, amenizaron su estadía en una ciudad que perdió brillo por unos días.

Viajes guiados por la intuición, si Andrés hubiese hecho caso a esa extraña fuerza que cobra presencia a la hora de tomar decisiones, quizás este relato nunca hubiese existido. El extraño arraigo al Ecuador, ese “no vuelvas”, el paro de buses, la dificultad de conseguir boletos aéreos a buen precio para su caprichoso retorno a Cusco, y por último y más importante: la premonición que lo hizo abstenerse de viajar a la base de Machu Picchu el mismo día de su arribo a la ciudad, lo salvo de quedarse varado, y formar parte de uno de los tantos argentinos rescatados por el accionar de los militares peruanos. Inconvenientes  se presentan en todas las etapas de nuestra vida, a veces la coyuntura o la predisposición personal, no nos permiten darnos cuenta que hay opciones, que todo es consecuencia de nuestras acciones. En travesías como ésta, muchas veces parecen confluir experiencias que potencian la necesidad de hacernos conscientes que nuestras decisiones marcan siempre el destino. Piedras en el camino, metáforas en la vida, realidades en los viajes.

 
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